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Aldeas, mil años en la tierra

Museo BIBAT

“aldea: […] población pequeña en tierra de labranza […]”, Sebastián de Covarrubias Orozco Tesoro de la lengua castellana o española (1611).

 

CONSTRUIR EL PASADO:

Lo que usted tiene delante es una construcción de un fragmento del pasado de nuestro territorio: el de la evolución y la función de las aldeas durante la edad media. Pero hay que tener en cuenta que lo que le presentamos es una "historia construida" que no es lo mismo que la "historia vivida".

Con la noción de "historia vivida" nos referimos a las acciones, sensaciones, situaciones y experiencias de dominación, de sometimiento... de aquellas gentes que nacieron, se trasladaron, trabajaron y murieron en dichos enclaves. Esas vidas generaron restos de todo tipo, algunos de los cuales han llegado hasta nuestros días. Las historiadoras e historiadores sólo disponen de dichos restos –parciales, fragmentarios– para construir un relato sobre esa "historia vivida".

Ahora bien, ese relato no se hace únicamente con el análisis de las evidencias conservadas, necesita también recurrir a la teoría: partir de modelos "históricos", de hipótesis bien argumentadas. Y entre restos y teoría hay un constante movimiento de ida y vuelta en el que se hace uso, consciente o inconscientemente, de una serie de maniobras "intelectuales" (componer y descomponer, ponderar, ordenar, suprimir y complementar e, incluso, deformar). Estos procedimientos que intervienen en la construcción del conocimiento histórico no se pueden ignorar. Sólo así comprenderá mejor que la "historia construida" que le ofrecemos no debe identificarla de manera absoluta/mecánica con la "historia vivida" que ha desaparecido y que, en el mejor de los casos, sólo puede ser evocada.

En fin, imaginación y lógica son, según ciertos especialistas, los componentes adecuados, y necesarios, para evocar el pasado, para hacer historia. Una lógica que tiene que domesticar a la imaginación y que obliga a quien aborda esta tarea a no rebasar ciertas líneas, a no ir más allá de lo que los registros conservados nos permiten sostener. De ahí que sea totalmente necesario un análisis crítico de los mismos.

 

Aldeas, mil años en la tierra 
 

 

LOS RESTOS, LOS REGISTROS DEL PASADO

De ese pasado que medió entre el año 700 y 1500 se han conservado, simplificando, dos tipos de registros: escritos y materiales, cada uno con problemáticas específicas. Pero piense que ninguno de los dos se comporta como un espejo que refleja “fielmente” el ayer al margen de cualquier mediación.

El dato arqueológico se construye a partir de los restos materiales conservados. Los documentos escritos, por su parte, no se concibieron como repositorios de información al servicio de las historiadoras sino como objetos que cumplieron una función en el momento de su creación y de su uso.

 

Los registros escritos

La escritura a lo largo de la edad media fue un instrumento en manos de la clase dominante y hasta mediados del siglo XIII, fundamentalmente, controlado por la iglesia. No es de extrañar, por ello, que la mayoría de los restos escritos conservados, anteriores a ese momento, procedan de scriptoria eclesiásticos, episcopales o monásticos.

En dichas instituciones, también en cancillerías reales y más tarde en centros notariales, se produjeron un variado tipo de registros escritos: literarios, legislativos, litúrgicos, teológicos... Pero, sin duda, para conocer la función y evolución de las aldeas medievales, son las "actas de la práctica" a las que se recurre con mayor profusión. Estas formalizan actos jurídicos muy diversos: donaciones, compra-ventas, permutas, testamentos, concesiones de privilegios, sentencias judiciales... y se han conservado en piezas sueltas o en cartularios (manuscritos /libros donde se copiaron un diverso conjunto de documentos). En ambos casos su utilización para la elaboración de esa "historia construida" requiere un análisis crítico de dichas piezas.

La escritura, una herramienta más del poder, sirvió, durante el período medieval, como instrumento de control y de dominación social. En este horizonte se debe abordar la función de las "actas de la práctica". Estas no deben ser consideradas como textos sino como objetos gráficos resultado de unas determinadas prácticas/relaciones sociales al servicio de quienes encargaban su producción. Comprender en profundidad su función, su valor como instrumentos de dominación simbólica reclama un análisis pausado de los procesos de producción, uso, conservación y clasificación documental. Sólo así se podrá embridar esa imaginación que resulta imprescindible para la elaboración del conocimiento histórico.

 

Los registros arqueológicos

Las personas que habitaron las aldeas, a lo largo de sus vidas, fabricaron herramientas, recipientes, vestimentas, adornos, etc. o construyeron espacios para vivir más cómodamente. La arqueología es la disciplina que recupera esas evidencias, por ejemplo: 

  • restos de muros de edificios, 
  • agujeros de poste para alzar estructuras, 
  • aterrazamientos para mejorar el rendimiento de los cultivos, 
  • silos para almacenar el grano,
  • fragmentos de cerámica o metal de vasos, jarras, cuchillos, herraduras, …
  • monedas de oro, plata o cobre,
  • clavos que fijaban muebles, herraduras o calzado,
  • restos de huesos del ganado consumido,
  • restos óseos humanos de quienes vivieron todo ello, 
  • etc.

La excavación arqueológica permite acceder a esos restos, desenterrando de manera controlada cada capa de la tierra, identificando los estratos. Cada estrato representa un episodio en la historia del sitio, y es vital medir dimensiones (grosor, área, etc.) y documentar todo lo desenterrado mediante fotografías, planos, anotaciones, etc. para no perder la información que contienen.

Tan importante como la excavación es el estudio de los hallazgos (tipología, datación, etc.) y contrastarlos con los registros escritos, para poder interpretar y comprender lo mejor posible su contexto económico, tecnológico, cultural y social.

 

Aldeas, mil años en la tierra 
 

 

LAS ALDEAS ENTRE LOS SIGLOS VIII Y X, LA ÉPOCA DE CRISTALIZACIÓN

Territorio, trabajo y desigualdad

El origen del territorio de cada aldea –el término de un concejo– está en el trabajo que desplegaron sus habitantes durante generaciones. En torno a los siglos X y XI, el hábitat rural hasta entonces fluctuante tendió a estabilizarse en todo el Occidente europeo y con esto se fueron fijando los límites territoriales de cada comunidad. A este proceso también contribuyó la difusión de las iglesias parroquiales con sus correspondientes ámbitos de cobro del diezmo.

Se distinguían tres espacios complementarios dentro del territorio de cada comunidad. Los terrenos trabajados intensivamente, a menudo anejos o cercanos a la casa –solares, patios, huertos, viñas, herrenales…– eran de explotación exclusiva de cada grupo familiar. Las tierras de labor eran también privativas, si bien podían ser temporalmente abiertas a la comunidad, por ejemplo, para el aprovechamiento ganadero de los rastrojos. En fin, una parte importante del territorio estaba formada por los comunales. En ellos, la explotación de pastos y arbolado, del mineral de hierro, o la práctica de cultivos temporales, exigía la pertenencia a la comunidad y estaba condicionada por sus normas. Las cuales a su vez podían comprender acuerdos de uso compartido de pastos y aguas con comunidades vecinas.

Como tantas cosas en las aldeas, la función social de los comunales fue históricamente ambivalente. Se trataba de un conjunto de bienes colectivos gestionados entre todas las casas de la aldea, lo que reforzaba ciertamente la cohesión del grupo. Pero al mismo tiempo los comunales contribuyeron a perpetuar formas de dominación internas a las comunidades. No todos tenían el mismo ganado y no todos se beneficiaban por igual de los pastos de cada pueblo. E incluso, en muchos lugares, los cultivos autorizados en los comunales –individuales en suertes, término que hoy se utiliza sólo para el aprovechamiento de leña; o bien colectivos, en lo que en muchos lugares se llamaban sernas– permitieron sobrevivir a las casas más pobres, pero siempre a condición de mantenerse en una relación de subordinación hacia las más fuertes.

 

El espacio construido y habitado

Las aldeas estaban formadas por un número variable de unidades domésticas o casas, agrupadas o aisladas, separadas entre si por cercas, arbustos, arbolado, sendas o tierras yermas.

Cada una de estas unidades disponía de distintas construcciones y espacios como vivienda, corrales, talleres, almacenes (silos y hórreos), eras y huertas que eran utilizados por un grupo familiar.

Estas construcciones fueron levantadas con armaduras de postes o pies derechos de madera encajados en zanjas y hoyos tallados en el suelo o incrustados en zócalos de piedra.

Los postes se unían mediante un entramado de ramas o varas recubierto con arcilla formando los cierres o paredes de las construcciones que fueron techadas con materiales vegetales.

Según su uso, estas paredes podían ser perimetrales (como en el caso de las viviendas y de algunos talleres y almacenes) o parciales (como en el de los cobertizos destinados a fraguas, corrales o bordas).

Para evitar las humedades podían estar ligeramente sobreelevadas del terreno o rodeadas de zanjas de saneamiento.

Todas estas construcciones tenían que ser reformadas periódicamente, bien con simples obras de mantenimiento o ampliación o bien construyendo otras parecidas para adaptarse a las necesidades del grupo familiar.

En algunas aldeas había casas que sobresalían de las demás por sus grandes dimensiones (más de 200 m2), por el número de construcciones auxiliares o por la cantidad y capacidad de sus silos, reflejo de la jerarquización social existente.

El espacio construido de las aldeas se fue transformando a partir del siglo XI. Si en algunos casos se produjo una reconversión de las áreas habitadas en terrenos de cultivo o pasto, en la mayoría, las dependencias (viviendas, hornos, almacenes o cuadras) que constituían las casas se compactaron y se organizaron en torno a calles y plazas, anunciando el proceso urbanizador de los siglos XIII y XIV.

 

Aldeas, mil años en la tierra 
 

 

El espacio simbólico y de referencia

A partir del siglo VIII, las aldeas se fueron dotando de iglesias y cementerios que cohesionaron la vida espiritual, económica y social de la comunidad.

Las iglesias, a diferencia de las construcciones domésticas, fueron mayoritariamente construidas en piedra. Su sobriedad arquitectónica, sus dimensiones reducidas y sus sencillas plantas rectangulares, reflejan que fueron hechas por las propias comunidades.

Sin embargo, en ocasiones, se observan obras de mayor envergadura que imitan toscamente las construcciones emprendidas desde la monarquía. Estas, por su complejidad arquitectónica, debieron ser levantadas por canteros especializados y promovidas por personajes pudientes que vieron en la iglesia un medio de reforzar su autoridad, afianzar relaciones de poder más allá del ámbito local e incrementar sus rentas.

A finales del siglo XI, algunas de estas iglesias de aldea se convirtieron en ermitas, sobre todo las más modestas del área cantábrica y otras se ampliaron.

Al tiempo se construyeron nuevas en lugares donde hasta entonces no se habían registrado, en un intento de los poderes civiles y religiosos de configurar la red parroquial.

Los cementerios eran otro de los referentes de la comunidad. En ellos se impuso el ritual cristiano de enterramiento en el que el difunto era colocado boca arriba, mirando hacia oriente y raramente con ajuar.

Sin embargo, la arqueología revela que existía variedad en las sepulturas -de lajas, muro, fosa simple, sepulcros- y en las prácticas funerarias -carbones, fuegos rituales, amuletos…), lo que hace pensar que el ámbito funerario dependía de la comunidad aldeana y de los grupos familiares.

También en los cementerios se detectan indicios de diferenciación social, como sepulcros tallados en bloques de piedra y estelas con sencillas inscripciones.

A partir del siglo XI, los cementerios tendieron a uniformarse ya que quedaron vinculados a las parroquias, que fijaron las prácticas y normas funerarias.

 

LA REJA DE SAN MILLÁN

«De ferro de Alaua». Bajo esta rúbrica se copiaba en el Becerro Galicano de San Millán de la Cogolla, manuscrito compuesto a fines del siglo XII, un texto fechado en 1025 que la historiografía ha denominado como «Reja de San Millán». Se trata de un registro excepcional, sin parangón en la producción escrita del noroeste peninsular.

"La Reja" del Becerro Galicano es una larga y escueta relación de 307 lugares con indicación de los tributos anuales, generalmente en rejas de hierro y raramente en ganado (andosco), casi siempre fijos y excepcionalmente variables, debidos de modo colectivo por cada lugar o, algunas veces, por cada conjunto de lugares. Son 307 núcleos agrupados en 21 distritos, situados en lo que se ha denominado Álava nuclear y muestran "un mundo lleno" con una densidad media de poblamiento de un núcleo cada cuatro o cinco km2.

El elenco de aldeas y pagos no va acompañado de más texto suplementario que una breve introducción: "En la era de 1063, así como el decano de San Millán recogía hierro por Alava, así lo escribimos". En la base del documento, en su organización y en su ortografía, se aprecia un conocimiento muy cercano del país y de sus gentes. La enumeración de sitios dibuja cadenas de localidades que cubren ordenadamente cada distrito, sea de un extremo a otro, sea trazando un círculo, lo que hizo que ciertos autores sugirieran que la Reja reflejaba los itinerarios recorridos por el recaudador de San Millán.

Por otro lado, el documento es notable desde el punto de vista lingüístico. Además se tiene la impresión de que el escriba que vertió el texto en el Becerro Galicano, seguramente utilizando materiales depositados en el archivo del monasterio, fue cuidadoso en su tarea.

A pesar de que nada se dice del concepto por el que se percibían dichos tributos, ni de su destino, ni de su origen, hay indicios para sostener la hipótesis de que la Reja habría sido un instrumento contable al servicio de los intereses del obispado de Álava en el siglo XI.

La arqueología, mediante excavaciones en varios de los lugares nombrados en la Reja, revela que los enclaves eran muy diversos: tanto en su extensión territorial, como en su actividad económica y en la perduración en el tiempo. 

Así, Zaballa (Zaualla) o Zornoztegi (Zornoztaegi) nacen como granjas y se transforman en aldeas con una pequeña iglesia entre los años 800 y 1100.

Aterrazamientos para el cultivo, chabolas y cabañas para el ganado y las personas son las estructuras predominantes. 

En ese mismo período, Aistra (Haiztara), en cambio, se caracteriza por tener grandes edificios residenciales, la iglesia de San Julián y Santa Basilisa y una importante necrópolis, y se piensa que sería una residencia de élites y no una aldea campesina. Bagoeta (Bagoeta), por otro lado, en esa misma época era una gran ferrería, dedicada a la forja de objetos de hierro. Los cuatro fueron abandonados hacia los años 1400-1500.

Sin embargo, muchos de los lugares que se citan en la Reja han pervivido hasta la actualidad, algunos como Argómaniz (Argumaniz), Cárcamo (Carcamu), Gardelegi (Gardellihi), Mendiola (Mendiohla), o Zalduendo (Zalduhóndo) siguen siendo pequeños núcleos. Otros como Alegría-Dulantzi (Dullantzi) o Vitoria-Gasteiz (Gastehiz) han derivado en municipios de entidad, habiendo crecido tanto que han incorporado como barrios a otros pueblos que fueron independientes en la época de la Reja, como Geleita, (Gelhegieta), o Adurza, (Adurzaha).
 

 

TRANSFORMACIONES Y PERMANENCIAS EN LA PLENA Y BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS XII A XIV)

En el siglo XI, el hábitat rural de Occidente estaba mayoritariamente constituido por una densa red de pequeñas aldeas. Sin embargo, con el régimen feudal la clase señorial tendió a impulsar el reagrupamiento de la población en núcleos planificados y fortificados. Se trataba de facilitar la dominación de los habitantes, reorganizar la explotación del territorio, favorecer el dinamismo mercantil o asegurar el control militar.

Estos procesos tuvieron lugar de modo desigual según las zonas y las épocas, y según los actores implicados.

A lo largo de la Llanada Alavesa, Treviño, Barranca-Burunda, Tierra Estella, las cuencas de Pamplona y Aoiz-Lumbier, Valdorba… la fragmentación del dominio señorial impidió en general los reagrupamientos. El poblamiento de hoy en día no es muy diferente del que podía verse en torno al año Mil.

Desde Ayala hasta Baztán, hubo agrupamiento pero fue más organizativo que físico. En un movimiento dirigido por pequeños señores y dueños de casas, a lo largo de los siglos XII y XIII los núcleos altomedievales quedaron englobados en parroquias mayores –y en anteiglesias en Bizkaia o en los primeros avecindamientos urbanos en Gipuzkoa–, pero no desaparecieron. Quedaron reducidos a la categoría de barrios y ermitas. Después, la dispersión de caseríos en época moderna completó el paisaje rural visible en la actualidad.

En todas estas zonas, los reyes de Navarra y Castilla o los señores de Bizkaia sí tuvieron fuerza suficiente para generar aquí y allá núcleos de población fortificados y destinados a dirigir el territorio. Por medio de fueros, se crearon burgos y villas en el Camino de Santiago, en la costa, en las rutas principales y en las fronteras. En la Rioja alavesa y en la Ribera navarra, la colonización tardía canalizada a través de fueros reales y la situación fronteriza hicieron que este tipo de grandes núcleos con extensos términos municipales cubra la mayor parte del territorio.
 

 

Fecha
Del 12 de diciembre de 2025 a 30 de junio de 2026
Categoría
Exposición temporal
Lugar
Museo BIBAT
Dirección

Calle Cuchillería, 54

Organiza - Colabora

BIBAT · Museo de Arqueología de Álava